7 de Mayo
El juego de chupitos con la verdadera V palabra da comienzo
DIARIO DE JONATHAN HARKER
(Escrito en código taquigráfico)
7 de Mayo
Las primeras luces de la mañana han vuelto, pero he descansado y disfrutado de las últimas 24 horas. He dormido hasta bien entrado el día y despertado a mi gusto. Tras vestirme, he ido al cuarto en el que había comido, para encontrarme con un desayuno frío totalmente dispuesto, con el café aún caliente gracias a que la cafetera aún estaba sobre la lumbre. Había una carta en la mesa en la que se podía leer:
«Tengo que ausentarme por un tiempo. No me espere; D.».
Me senté y disfruté de una comida copiosa. Una vez hube terminado, busqué una campanilla para hacer saber a los sirvientes que había finalizado, pero no pude encontrar ninguna. Había deficiencias ciertamente extrañas en la residencia, considerando las extraordinarias evidencias de riqueza que me rodeaban. La mesa en la que había sido servido era de oro y forjada tan maravillosamente que su valor debía ser incalculable. Las cortinas y tapizado de las sillas, sofás y mi cama eran de los más caros y hermosos materiales, y debían de haber sido fabulosos en su momento, pues debían de tener siglos, aunque estaban bastante bien conservados. Una vez vi algo parecido en Hampton Court, pero allí estaban desgastados, raídos y agujereados por las polillas. Sin embargo, ninguno de los cuartos tenía espejos. Ni siquiera un espejito de baño sobre mi mesa, por lo que tuve que tomar el pequeño espejo de mi bolsa para afeitarme antes incluso de poder peinarme. No he visto a ningún sirviente por ninguna parte, o escuchado sonido alguno cerca del castillo, descontando los aullidos de los lobos. Cierto tiempo tras terminar mi comida (no sé si llamarla desayuno o cena, pues eran entre las cinco y las seis cuando la tomé), me dediqué a buscar algo para leer, puesto que no me sentía cómodo rondando el castillo hasta que hubiera pedido permiso al Conde. No había absolutamente nada en el cuarto; libros, periódicos o tan siquiera materiales para la escritura. Así que abrí otra puerta en la habitación y encontré algo que podría considerarse una biblioteca. También probé la puerta frente a la mía, pero la encontré cerrada.
En la biblioteca hallé, para mi deleite personal, un amplio número de libros ingleses, baldas enteras de ellos, y volúmenes de revistas y periódicos atados. Una mesa en el centro estaba plagada de revistas inglesas y periódicos, aunque ninguno de ellos era precisamente reciente. Los libros eran de lo más variado (historia, geografía, política, economía política, botánica, geología, derecho…), todos relativos a Inglaterra y vida, maneras y costumbres inglesas. Había incluso libros de referencia como el Directorio de Londres, los libros «Rojo» y «Azul», El Almanaque de Whitaker, las Listas de la Armada y Marina y, logrando que mi corazón se sintiera agradecido de verlo, la Lista de Leyes.
Mientras paseaba la vista por los libros, la puerta se abrió y entró el Conde. Me saludó con entusiasmo y me dijo que esperaba que hubiera descansado de manera propicia. Después, continuó hablando:
–Me agrada ver que ha encontrado usted el camino hasta aquí, pues estoy seguro que hay mucho que será de su interés. Estos compañeros –posó una mano sobre algunos de los libros–, han sido buenos amigos míos y, desde hace años, puede que incluso desde que tuve la idea de ir a Londres, me han concedido muchas, muchísimas horas de placer. A través de ellos he llegado a conocer su Gran Inglaterra, y conocerla es amarla. Ansío pasearme entre las pobladas calles de su grandioso Londres, de estar en mitad de la rotación y aceleración de la humanidad, compartir su vida, sus cambios, su muerte y todo aquello que la convierte en lo que es. ¡Pero, claro! Hasta ahora solo he podido aprender su lengua a través de libros. Me dirijo a usted, mi amigo, para aprender a hablarlo.
– ¡Pero, Conde –dije –, usted conoce y habla inglés a la perfección!
Hizo una reverencia con gravedad.
–Se lo agradezco, mi amigo, por su excesivamente halagadora estima, pero a pesar de ello me temo que apenas he comenzado este camino. Cierto es, conozco la gramática y las palabras, pero todavía no sé cómo hablarlas.
–De hecho –dije –, usted habla de maravilla.
–No tanto –replicó –. Es decir, soy consciente de que, si me mudara y tratara de comunicarme en vuestro Londres, a nadie le pasaría desapercibido el hecho de que soy un extranjero. No me vale con esto. Aquí, soy un nombre; un boyar, la gente común me conoce, y soy Amo. Pero… un extraño en una tierra extraña… no es nadie; los hombres no le conocen y no conocer es no dar importancia. Me basta ser como el resto, de forma que ningún hombre se pare al verme o pause su discurso al oír el mío «¡Ja, ja! ¡Un extranjero!». He sido demasiado tiempo amo que seguiría siéndolo… o, al menos, lograría que nadie más lo fuera de mí. Usted viene a mí no solo como agente de mi amigo Peter Hawkins, de Exeter, para contarme todo sobre mis nuevos terrenos en Londres. Usted deberá, espero, permanecer aquí por cierto tiempo, de manera que por nuestras charlas pueda adquirir el acento inglés; y le pediría que me indicara cuando erre, incluso en lo más mínimo, al hablar. Siento haber tenido que estar lejos durante tanto tiempo hoy, pero usted podrá, espero, perdonar a un servidor que tantos importantes asuntos tiene entre manos.
Por supuesto, le dije que estaría totalmente a su disposición y le pregunté si podía entrar a aquel cuarto cuando así lo deseara.
–Por supuesto –contestó –. Usted puede moverse con total libertad por el castillo, excepto allí donde las puertas estén cerradas con llave, donde por supuesto usted no deseará ir. Hay una razón para que cada cosa sea como es y, si lo viera usted desde mi perspectiva y buen saber, podría quizás entenderlo mejor –le dije que me había quedado claro y él continuó.
–Estamos en Transilvania, y Transilvania no es Inglaterra. Nuestras formas no son sus formas y esto puede resultar extraño en muchos aspectos. De hecho, por lo que ya me ha contado de sus experiencias, ya sabe algo de cuán extrañas las cosas aquí pueden ser.
Esto derivó en una extensa conversación y era evidente que él quería hablar, incluso si tan solo era por el hecho de charlar en sí mismo. Le pregunté con avidez sobre aquello que ya me había sucedido, o en lo que me había ido fijando. A veces evadía la materia o desviaba la conversación fingiendo no entender, pero, por norma general, respondía a casi todas mis cuestiones con la mayor franqueza posible. Conforme el tiempo fue pasando y comencé a sentirme en cierta forma más atrevido, le pregunté sobre los extraños sucesos de la noche anterior, como, por ejemplo, por qué el conductor iba hacia los lugares donde había visto llamas azules. Él me explicó que era una creencia común que en cierta noche del año (ayer por la noche, para ser exactos, cuando todos los espíritus malignos se supone tienen total libertad) una llama azul se puede observar allí donde hay tesoros escondidos.
–Ese tesoro ha sido escondido –continuó –en la región a través de la cual vino usted ayer por la noche, poca duda hay sobre ello, pues era la tierra por la que lucharon durante siglos los valacos, sajones y turcos. De hecho, no hay prácticamente ni un metro de tierra en esta región que no haya sido enriquecido con la sangre de hombres; patriotas o invasores. En los días antiguos había periodos estimulantes, cuando los austriacos y húngaros venían en hordas, y todos los patriotas marchaban a su encuentro (hombres y mujeres, y los ancianos y niños también) y esperaban la llegada con rocas a través de los pasajes, de forma que pudieran tratar de destruirlos con avalanchas artificiales. Cuando los invasores resultaban triunfantes, descubrían más bien poca cosa, pues lo que sea que buscaran había sido resguardado en terreno amigo.
–Más, ¿cómo puede haber permanecido tanto tiempo sin ser descubierto, cuando con seguridad hay un texto indicativo que podría ser consultado de así molestarse alguien en hacerlo? –dije. El Conde sonrió, y sus labios se posaron sobre sus encías -con los largos, afilados dientes caninos sobresaliendo de forma extraña-, antes de responder:
–¡Porque el aldeano estándar es un cobarde y un necio! Estas llamas aparecen una única noche y en dicha noche ni un solo hombre de esta tierra abandonará, en la medida de lo posible, su hogar. Y, querido caballero, incluso si lo hiciera, no sabría qué hacer. Pues el aldeano del que me habla no sabría dónde buscar su propia obra, marcada a fuego, bajo la luz del día. Incluso usted sería incapaz, me atrevo a aseverar con confianza, de encontrar dichos lares de nuevo.
–Tiene usted razón, no sabría buscarlos mejor que un difunto. –Entonces, pasamos a divagar sobre otras materias.
–Venga –me dijo, finalmente, tras cierto tiempo de conversación –, ilustreme sobre Londres y la casa que me han procurado. –Con una disculpa por mi negligente actitud, marché a mi cuarto para buscar los papeles que estaban guardados en mi bolsa.
Mientras estaba colocándolos, pude oír el traqueteo de la cerámica y la plata en el cuarto contiguo y, al pasar frente a él, me di cuenta de que la mesa había sido limpiada y la lámpara encendida, pues ya era noche profunda en el exterior. Las lámparas también habían sido encendidas en el estudio y en la biblioteca, y me encontré al Conde echado en el sofá leyendo, de todas las cosas imaginables, la Guía Inglesa de Bradshaw[1]. Cuando entré, apartó papeles y libros de la mesa y, juntos, repasamos planes, estadísticas y acciones de toda clase. Parecía muy interesado en todo y me hizo una miríada de preguntas sobre el lugar y sus alrededores. Claramente, ya había estudiado de antemano todo lo que pudo en lo concerniente al barrio, pues acabó resultando evidente que sabía mucho más que yo. Cuando así se lo hice notar, me respondió:
–Bien, pero, mi amigo, ¿acaso no me será útil el saberlo? Cuando esté allí, estaré solo y mi amigo Harker Jonathan…na’, perdóneme, tiendo a caer en la costumbre de mi país de poner su patronímico en primer lugar…mi amigo Jonathan Harker no estará junto a mí para corregirme y ayudarme. Él estará en Exeter, a kilómetros de distancia, posiblemente trabajando en papeleo legal junto con mi otro amigo, Peter Hawkins. ¡Así que…!
Pasamos a ir en detalle al negocio de la compra de terrenos en Purfleet. Cuando le expuse todos los datos y me dio su firma allí donde era requerida en los papeles, y hube escrito una carta con todas ellas lista para ser mandada a Mister Hawkins, comenzó a preguntarme cómo había encontrado un puesto tan adecuado. Le leí las notas que hice en su día, que ahora transcribo aquí:
«En Purfleet, al lado de la carretera, me crucé con un lugar que parecía pasar época de necesidad y en el que se podía ver una nota indicando que el local estaba a la venta. Estaba rodeado por un alto muro de vieja construcción, constituido de piedras pesadas, y estaba claro que no había sido reparado en bastante tiempo. Las puertas cerradas eran de viejo roble y metal, todo carcomido por el óxido».
«La propiedad se llama Carfax, sin duda una deformación del viejo Quatre Face, pues la casa tiene cuatro lados concordantes con los puntos cardinales del compás. Contiene veinte acres, bastante bien rodeados por el muro de roca sólida antes mencionado. Hay muchos árboles en él, lo cual le da cierto aire melancólico, y hay un lago pequeño hondo de fondo insondable, claramente alimentado por algunas primaveras, pues el agua es clara y fluye desde allí en una corriente de tamaño respetable. La casa es muy grande, con elementos de todos los periodos pasados; debo decir, de los tiempos medievales, toma parte de su inmensamente gruesa piedra, con tan solo unas escasas ventanas lo bastante altas y cerradas con metal a cal y canto. Da la sensación de que sea parte de una cámara u otra guarda, que está cerca de una capilla o vieja iglesia. No he podido entrar, pues no tenía llave de la puerta que lleva de esta casa hasta allí, pero he llevado mi Kodak conmigo, fotografiando distintos ángulos. La casa ha sido registrada, pero no sin cierto rezago, y tan solo me puedo hacer una idea mental del terreno que ocupa. Realmente hay pocas casas cerca, una de ellas es una casa muy grande, recientemente registrada y que ha sido reformada a un manicomio. Sin embargo, nada de esto es visible desde fuera».
Una vez terminé, él añadió:
–Me agrada que sea vieja y grande. Yo mismo provengo de una vieja familia y vivir en una casa nueva me mataría. Una casa no puede volverse habitable en un día y, después de todo, solo unos cuantos días conforman un siglo. Me regocijo también en que haya una capilla de tiempo ha. Nosotros, los nobles transilvanos, adoramos no tener que preocuparnos de que nuestros huesos reposen junto a los de los muertos comunes. No busco alegría ni júbilo, ni tampoco la brillante voluptuosidad de mucho sol y burbujeante agua que son placenteros para los jóvenes y felices. Ya no soy joven y mi corazón, tras duros años de llorar a los muertos, no está bien en armonía con el regocijo. Además, los muros de mi castillo están rotos y las sombras son muchas y el viento entra, frío, a través de las almenas y ventanas batientes rotas. Adoro el contraluz y la sombra, y me permiten perderme en mis pensamientos cuando así lo deseo.
No sé cómo, pero sus palabras y apariencia no parecían concordar; o puede ser que el ángulo de visión que tenía de su rostro hiciera su sonrisa aparentar ser maligna y saturnina.
En aquel momento, poniendo una excusa, me dejó allí, pidiéndome que juntara todos mis papeles. Él tenía que ausentarse brevemente y comencé a hojear algunos libros en torno a mí. Había un atlas, que encontré abierto (evidentemente) por Inglaterra, como si el mapa hubiera sido usado asiduamente. Fijándome en lo que podía observar marcado con pequeños anillos y, dándome cuenta de que uno de ellos estaba cerca de Londres, en la costa este, manifiestamente allí donde sus nuevos terrenos estaban situados; los otros dos eran Exeter y Whitby en la costa de Yorkshire.
Había pasado casi una hora completa cuando el Conde volvió.
–¡Ajá! –dijo –. ¿Sigue usted con sus libros? ¡Bien! Pero no debe trabajar todo el tiempo. Venga, me informan de que su aperitivo nocturno está listo –me tomó del brazo y fuimos al cuarto contiguo, donde me encontré una excelente cena lista sobre la mesa. El Conde volvió a excusarse, pues había cenado fuera aprovechando su tiempo lejos del hogar. Pero se sentó tal y como había hecho la noche previa y habló mientras yo comía. Después de la cena fumé, como en la tarde anterior, y el Conde se quedó conmigo, hablando y haciéndome preguntas en toda materia imaginable, hora tras hora. Sentí que se estaba haciendo extremadamente tarde, pero no dije nada, pues me sentía bajo la obligación de subyugarme a los deseos de mi anfitrión en toda forma posible. No sentía sueño alguno, pues el largo sueño del día anterior me había reconfortado, pero no podía evitar experimentar cierto frío del que solía venir con el nacer del alba, que es, hasta cierto punto, el cambio de corrientes marítimas. Dicen que la gente que está cerca de la muerte dan este último paso al romper amanecer o con los cambios de mareas; todo aquel que haya estado cansado, y sujeto a esta posición, ha experimentado este cambio atmosférico y, por lo tanto, me creerá. De golpe, oímos un cuervo llegando con sobrenatural velocidad a través de la clara mañana, el Conde Drácula, saltando sobre sus pies, dijo:
– ¡Oh, pero si ya es por la mañana de nuevo! Qué descuidado por mi parte el hacerle mantenerse despierto hasta tan tarde. Debe usted hacer su conversación sobre mi querido nuevo país Inglaterra menos interesante, para que así no olvide que el tiempo vuela entre nosotros –y, con una cortés reverencia, me dejó rápidamente.
Volví a mi propio cuarto y corrí las cortinas, pero había poco en lo que fijarse; mi ventana daba al patio interior y todo lo que podía ver era el cálido gris del cielo naciente. Así que volví a cerrar las cortinas y me puse a escribir estas líneas.
[1] Un manual sobre ferrocarriles y otras vías de transporte en Inglaterra, aka, obviamente Jonathan Harker la conoce y, también evidentemente, no es lo que esperarías ver leyendo a alguien interesado por Inglaterra en sí misma.


Holaaa, no sé puede escuchar??