4 de Mayo
Jonathan demuestra bastísimo que no sabe que está en una novela de terror
DIARIO DE JONATHAN HARKER
(Escrito en código taquigráfico).
4 de Mayo[1]
He descubierto que mi casero ha recibido una carta del Conde, indicándole que debe reservarme el mejor asiento en el carruaje; pero, cuando he tratado de indagar, me ha dado la sensación de que este era hasta cierto punto reticente, y pretendía no entender mi alemán. Esto no puede ser cierto, porque hasta ese momento lo entendía a la perfección; al menos, había respondido a todas las preguntas como si lo hiciera. Él y su mujer, la anciana que me había recibido, se miraron con miedo. Él comenzó a balbucear, diciendo que habían enviado dinero en una carta y que esto era todo lo que sabía. Cuando le pregunté si conocía al Conde Drácula y si podía contarme cualquier cosa sobre el castillo, tanto él como su mujer se cerraron en banda e, indicándome que no sabían absolutamente nada, simplemente se negaron a decir ni una sola palabra más. Se acercaba el momento de marchar, así que no tuve tiempo de preguntar a nadie más, haciendo toda la situación extremadamente misteriosa y lo opuesto a tranquilizadora.
Justo antes de emprender mi marcha, la anciana hizo acto de presencia en mi cuarto y me dijo, con remarcable histeria:
– ¿Debe irse? ¡Oh, joven Herr!, ¿debe irse usted? –estaba tan excitada que parecía haber perdido todo previo conocimiento de alemán y lo mezclaba con otro idioma que yo desconocía en su totalidad. Apenas fui capaz de seguir su diatriba haciéndole cuantiosas preguntas. Cuando le dije que debía irme inmediatamente y que tenía importantes compromisos profesionales, ella me volvió a preguntar:
– ¿Sabe usted qué día es hoy? –Le respondí que cuatro de mayo. Ella asintió con la cabeza mientras repetía:
– ¡Sí, claro! ¡Eso lo sé! Eso lo sé, pero, ¿sabe usted qué día es hoy? –al decirle que no la entendía, ella decidió continuar. –Es la víspera de San Jorge. ¿Sabe usted que esta noche, cuando los relojes den la medianoche, todas las cosas malignas de este mundo podrán marchar a sus anchas? ¿Sabe usted a dónde se dirige, y lo que allí va a hacer?
Estaba tan claramente estresada que traté de reconfortarla, pero fui incapaz. Finalmente, se dejó caer de rodillas y me suplicó que no me marchase; que al menos esperara un día o dos antes de comenzar mi viaje. Era una situación condenadamente ridícula y comencé a sentirme incómodo. Sin embargo, tenía negocios que requerían mi atención y no podía permitir que nada interfiriera en los mismos. Por lo tanto, traté de que se levantara y le dije, con toda la gravedad que pude componer, que le agradecía su preocupación, pero que mis obligaciones eran de naturaleza imperiosa y tenía que marcharme. Entonces, ella se levantó, se enjuagó las lágrimas y me ofreció el crucifijo que hasta entonces hacía colgado de su cuello. No sabía qué hacer, pues, como Protestante[2], se me ha educado para considerar dichos objetos desde una perspectiva cercana a la idolatría y, sin embargo, se me hacía tan desagradecido el rechazar un gesto hecho con tan buenas intenciones por parte de una anciana. Supongo que ella vio la duda en mi rostro, por lo que puso el rosario en torno a mi cuello y me dijo «Por el bien de su madre» y abandonó el cuarto. Estoy escribiendo estas líneas de mi diario mientras espero al carruaje, que, por supuesto, llega tarde; el crucifijo todavía se encuentra en torno a mi cuello. Ya sea por el miedo de la anciana, o por las muchas tradiciones espectrales de estas tierras, o por el propio crucifijo (no soy capaz de discernirlo), no me siento tan calmado como lo estaría habitualmente. Si este libro llega a Mina antes que yo mismo, que sirva como despedida. ¡Aquí viene el carruaje!
[1] Me lo quito de en medio ya en el segundo día: sí, sé que es gramaticalmente incorrecto poner en español los meses de las fechas con mayúsculas, pero es que queda mucho mejor.
[2] En inglés se usa el término English Churchman, que tiene muy mala traducción al español; pues en realidad lo que son protestantes (que es como he optado finalmente traducirlo, dejando las mayúsculas para darle un mayor sentido de identidad), con la única connotación específica de que son practicantes de su religión.


Nota mental: mirar en el Año Cristiano en qué fecha se celebraba san Jorge en el siglo XIX (o quizá mirar la correspondencia Juliano/Gregoriano para ese año).