12 de Mayo
Nuestro amigo y vecino de Jonathan, el Connde Spiderbat
JONATHAN HARKER
(Escrito en código taquigráfico)
12 de Mayo
Empezaré con datos… simples, meros datos; verificados por libros y estadísticas, y sobre los que no cabe duda alguna. No debo confundiros con las experiencias, para las que deberé basarme en mis propias observaciones, o en mi recuerdo de las mismas. Ayer por la tarde, cuando vino de su cuarto, el Conde empezó a hacer preguntas relacionadas con cuestiones legales y en la forma de llevar a cabo ciertos tipos de negocios. Había pasado un día agotador entre libros y, meramente para mantener mi mente ocupada, repasé algunas de las materias que había estado estudiando en la Taberna Lincoln. Había un patrón en las preguntas del Conde, así que trataré de escribirlas en secuencia; este conocimiento podría serme de utilidad en algún momento, de alguna manera.
En primer lugar, ha preguntado si un hombre en Inglaterra puede tener dos abogados o más. Le dije que podía incluso tener una docena si así lo deseaba, pero que no sería inteligente tener más de un representante implicado en una transacción, siendo que solo uno iba a poder actuar cada vez y que cambiar podría, sin ninguna duda, ir en contra de sus intereses. Pareció que le costó asimilarlo y pasó a preguntar si habría alguna dificultad práctica en tener más de un hombre al que recurrir para, por ejemplo, cuestiones bancarias y otro para vigilar los envíos, en caso de que fuera necesaria ayuda local en algún lugar lejano a la casa del abogado banquero habitual. Le dije que elaborara, para así no dar pie a informarle incorrectamente, así que me dijo:
–Trataré de ilustrárselo. Su amigo y el mío, el señor Peter Hawkins, bajo la sombra de vuestra hermosa Catedral en Exeter, que está lejos de Londres, me consiguió a través de su buena voluntad un lugar en Londres. ¡Bien! Ahora, permítame hablar con claridad, no vaya a ser que acabe pensando cuán extraño es que haya ido en pos de servicios tan lejos de Londres en vez de algún residente de la propia Londres: mis motivos son que mis intenciones no deben ser de interés local salvo que así sea mi deseo explícito y, en el caso de alguien con residencia en Londres podría, quizás, tener algún propósito para consigo mismo o algún tercero; así que decidí salir fuera de la ciudad para buscar a mi agente, cuyas labores deberían ser exclusivamente en mis propios intereses. Ahora, suponga que yo, que tengo mucho en lo que a negocios se refiere, deseo enviar bienes a, por ejemplo, Newcastle, Durham, Harwich o Dover… ¿No sería más cómodo hacerlo consignándolos a uno de estos puertos?
Respondí que, ciertamente, sería más sencillo, pero que los abogados tenían un sistema entre agencias de mutuo apoyo, de forma que el trabajo local se pudiera hacer localmente bajo la instrucción de cualquier abogado. Así, el cliente simplemente se pondría en manos de un hombre, que se encargaría de hacer sus sueños realidad sin mayores complicaciones.
–Pero –dijo –yo estaría en posición de ser mi propio ordenanza. ¿No es así?
–Por supuesto –repliqué –, de hecho, es algo habitual entre hombres de negocios, a los que no les gusta que sus asuntos sean conocidos por nadie más.
–¡Bien! –dijo, y comenzó a preguntarme sobre las formas de hacer envíos y la burocracia a la que tendría que someterse, así como todas las dificultades que podrían presentarse, pero que pudieran prevenirse con una buena previsión. Le expliqué todo esto lo mejor que buenamente pude y me dio la impresión de que podría haber sido un abogado increíble, pues no había nada en lo que él no pensara o intuyera podría ocurrir. Para un hombre que nunca había estado en el país y que, evidentemente, no había trabajado demasiado en el terreno de los negocios, sus conocimientos y perspicacia eran maravillosos. Cuando hubo satisfecho su curiosidad en estos puntos y hube verificado todo lo dicho con los libros de los que disponía, se levantó de golpe y dijo:
–¿Le ha escrito usted a nuestro amigo el Señor Peter Hawkins, o a cualquier otra persona, desde su primera carta al mismo? –Fue con cierta amargura que contesté que no lo había hecho, pues no había tenido oportunidad de mandarle cartas a nadie.
–Entonces, escriba ahora, mi joven amigo –dijo, dejando caer una pesada mano en mi hombro –, escriba usted a nuestro amigo o a cualquier otro y comuníqueles, si así lo desea, que se ha de quedar conmigo hasta dentro de un mes desde el momento actual.
–¿Desea que me quede por tanto tiempo? –pregunté, y mi corazón casi se para ante el pensamiento.
–Lo deseo con toda mi alma. Na’, no aceptaré un no por respuesta. Cuando su amo, jefe… como desee llamarlo, encarga a alguien ir en su lugar, se sobreentiende que mis necesidades requerían ser consultadas. No se las he ocultado, ¿o acaso no ha sido así?
¿Qué podía hacer salvo inclinarme en gesto de aceptación? Se trataba del beneficio del Señor Hawkins, no del mío, y tenía que pensar en él, no en mí mismo. Además, mientras el Conde Drácula hablaba, había algo en sus ojos y en su porte que me hizo recordar que era prisionero y que, si deseaba lo contrario, no tendría dicha opción. El Conde visualizó su victoria en mi reverencia y su dominancia en la preocupación de mi rostro, pues empezó inmediatamente a usarlas; en su propia calmada e irresistible manera:
–Deseo, mi buen y joven amigo, que usted no mencione nada fuera de los negocios en sus cartas. Sin lugar a dudas será agradable para sus amigos saber que se encuentra usted bien y que espera poder volver a casa pronto, a ellos. ¿No es así? –Mientras hablaba, me tendió tres hojas de papel de correspondencia y tres sobres. Todos eran de material extranjero muy fino y, observándolos, y luego a él, fijándome en su sonrisa silenciosa, con los afilados caninos sobre su rojo labio inferior, me di cuenta de que debería ser cuidadoso no solo con lo que digo, sino también con quién hablo. Así que estoy determinado a escribir exclusivamente notas formales de ahora en adelante, pero de escribir en todo detalle la experiencia al Señor Hawkins en secreto; y también a Mina, pues a ella podría escribirle en código taquigráfico, lo cual confundirá al Conde, si llega a verlo. Una vez hube escrito mis dos cartas me senté en silencio, leyendo un libro mientras el Conde escribía múltiples notas, haciendo referencia a algunos libros en su mesa. Después, tomó las mías y las colocó junto a las suyas y las dejó junto a sus materiales de escritura, tras lo cual, en el momento en que la puerta se cerró tras él, me incliné para mirar a las cartas, que estaban bocabajo en la mesa. No sentí reparo alguno en hacerlo, pues dadas las circunstancias sentía que debía proteger mi propia persona en toda forma que me fuera posible.
Una de las cartas iba dirigida a Samuel F. Billington, Nº7, The Crescent, Whitby; otra a Herr Leutner, Varna; la tercera era para Coutts & Co., Londres; y la cuarto para Herren Klopstock & Billreuth, banqueros, Budapest. La segunda y cuarta no estaban selladas. Estaba a punto de ojearlas cuando vi el mango de la puerta moverse. Me hundí de nuevo en mi asiento, teniendo el tiempo justo para recolocar las cartas tal y como habían estado antes y continuar con mi libro antes de que el Conde, sujetando otra carta en su mano, entrara en el cuarto. Tomó las cartas de la mesa y las selló con cuidado, para luego girarse hacia mí y decir:
–Confío en que me disculpe, pero tengo mucho trabajo que hacer en privado esta tarde. Encontrará, espero, que todo está a su gusto. –Conforme la puerta se abría, y tras un momento de pausa, añadió:
–Déjeme que le aconseje, mi querido y joven amigo…na’, déjeme prevenirle con total seriedad de que, en caso de abandonar este ala del castillo, no debe dormir bajo ningún concepto fuera de la misma. Es viejo y está lleno de memorias, y hay pesadillas que esperan a aquellos que duermen sin prudencia. ¡Está avisado! Si el sueño le alcanza ahora, o en cualquier otro momento, o cree que puede llegar a hacerlo, entonces diríjase tan rápido como pueda a su propio cuarto o a estos aposentos, pues aquí su descanso será seguro. Pero, si usted no es cuidadoso en este aspecto, entonces… –Terminó su discurso de forma desagradable, pues gesticuló como si se estuviera lavando sus propias manos. Lo entendí bastante bien; mi única duda era si cualquier sueño que pudiera tener pudiera ser más terrible que la horrible y antinatural aura de pesar y misterio que parecía estar cerniéndose sobre mí,
Más tarde
Reitero mis últimas palabras, pero esta vez no hay duda alguna. No debo temer dormir en ningún lugar donde él no esté. He colocado el crucifijo sobre el cabezal de mi cama… imagino que en mi descanso estaré así más libre de sueños; y allí debe quedarse.
Cuando me dejó, volví a mi cuarto. Después de cierto tiempo, al no oír ningún sonido, salí y subí las escaleras de piedra desde donde podía mirar hacia el Sur. Había cierta sensación de libertad en la amplia explanada, incluso si era inaccesible para mí, especialmente comparado con la angosta oscuridad del patio interior. Fijándome en esto, sentí que, sin lugar a dudas, estaba en una prisión y me pareció sentir el deseo de tomar el aire, incluso en mitad de la noche. Empiezo a notar como esta existencia nocturna causa estragos en mi persona. Está destruyendo mis nervios. Me asusto de mi propia sombra y estoy lleno de terribles visiones. ¡Dios sabe que hay buenas razones para mi terrible miedo en este lugar maldito! Oteé la bella amplitud, bañada en la suave luz amarillenta de la luna hasta que prácticamente se había transformado en luz diurna. En la suave luz, las distantes colinas se fundían con las sombras de los valles y desfiladeros de aterciopelada oscuridad. La simple belleza parecía tratar de animarme; había paz y comodidad en cada respiración que tomaba. Conforme me apoyaba en la ventana, mi vista se fijó en algo moviéndose un piso por debajo mío y, de alguna manera, hacia mi izquierda, a donde imaginaba, por la organización de los cuartos, las ventanas del cuarto del propio Conde debían dar. La ventana en la que yo me encontraba era alta y honda, enclavada en piedra y, a pesar del desgaste del tiempo, todavía estaba completa; aunque era evidente que habían pasado muchos tiempo desde su instalación. Me coloqué tras el marco de piedra y miré con cuidado hacia fuera.
Lo que vi fue la cabeza del Conde sobresaliendo por la venta. No vi su rostro, pero le reconocí por el cuello y los movimientos de su espalda y brazos. Sea como fuere, no había manera alguna de que pudiera confundir las manos que tantas oportunidades de estudiar había tenido. En un primer momento, estaba interesado y hasta cierto punto entretenido, pues es maravilloso como un asunto tan mundano puede resultar de interés y entretenimiento a un hombre cuando este está prisionero. Pero mis sentimientos se tornaron a repulsión y terror cuando vi cómo el hombre al completo salía por la ventana y comenzar a reptar hacia abajo por la pared del castillo sobre el terrible abismo, con la cabeza hacia abajo y su abrigo desplegado a su alrededor como si se tratara de amplias alas. Al principio, no podía creer lo que veían mis ojos. Creí que era algún truco de la luz nocturna, algún efecto extraño de las sombras; pero continué mirando, y no podía tratarse de una ilusión. Vi los dedos de pies y manos agarrarse a las esquinas de las piedras, su argamasa totalmente desgastada por el paso del tiempo, y de esta forma usar toda proyección y desigualdad de la pared para moverle hacia abajo a una velocidad considerable, tal y como un lagarto se movería por una pared.
¿Qué clase de hombre es este? O, ¿qué clase de criatura es esta en la apariencia de un hombre? Siento el horror de este terrible lugar sobrepasándome; tengo miedo, muchísimo miedo, y no hay escapatoria posible para mí. Estoy rodeado de terrores en los que ni siquiera me atrevo a pensar…

