11 de Mayo
Lucy es una celestina a toro pasado
CARTA, LUCY WESTENRA A MINA MURRAY
17, Calle Chatham,
Miércoles.
Queridísima Mina,
He de decir, que me retratas muy injustamente diciendo que soy una mala corresponsal. Te he escrito dos veces desde que nos separamos y tu última carta tan solo ha sido tu segunda. Además, no es que tenga nada que contarte. No me ha pasado nada que realmente pueda ser de tu interés. La ciudad es muy agradable ahora mismo y vamos a unas cuantas galerías de pintura y a caminar, y a dar paseos por el parque. En lo que respecta al alto hombre de rizos, supongo que se trata de aquel con el que fui al último concierto de cámara en Saint James’s Hall[1]. Está claro que alguien ha estado alcahueteando. Ese era el Señor Holmwood. Suele venir a vernos y se lleva de maravilla con mamá; tienen muchísimas cosas en común de las que hablar.
Nos encontramos hace ya algún tiempo a un hombre que sería perfecto para ti, si no estuvieras ya comprometida con Jonathan. Es un partido «de diez»; pues es guapo, tiene dinero y viene de buena familia. Es doctor y muy inteligente. ¡Imagínate! Solo tiene veinte-y-nueve y tiene un inmenso manicomio totalmente a su cargo. El Señor Holmwood me lo presentó y luego nos hizo saber que quería volver a vernos, así que ahora viene a menudo. Creo que es uno de los hombres más resueltos que he visto nunca y, a pesar de ello, muy calmado. Parece totalmente imperturbable. Me puedo imaginar el extraordinario poder que debe tener sobre sus pacientes. Tiene el curioso hábito de mirarte fijamente a los ojos, como si tratara de leer tus pensamientos. Lo trata de hacer constantemente conmigo, pero considero que aquí ha encontrado un hueso duro de roer. Lo sé gracias a mi espejo. ¿Alguna vez has tratado de leer tu propia expresión? Yo sí y te puedo asegurar que no es un mal hábito, que te causa muchas más preocupaciones de las que te podrías imaginar antes de haberlo probado. Él dice que estoy constituyendo en un curioso estudio psicológico y no puedo sino coincidir, desde la más absoluta humildad.
Como bien sabes, no tengo el suficiente interés en ropas como para poder describir las últimas modas. Los atuendos son un «peñazo». Esa palabra mal sonante de nuevo, bueno, no importa; Arthur la usa a diario.
Ahí, ya lo he soltado todo. Mina, nos hemos contado nuestros secretos mutuamente desde que éramos niñas; hemos dormido juntas y comido juntas, y reído y llorado juntas y, ahora, aunque ya me he extendido, me gustaría continuar. Oh, Mina, ¿no te lo imaginas ya? Lo amo. Me sonrojo mientras escribo, pues aunque creo que él me ama, no me lo ha dicho propiamente. Pero, oh, Mina, lo amo. ¡Lo amo! Eso es; qué bien sienta decirlo. Ojalá estuvieras contigo, querida, sentadas junto al fuego crepitante, como nos solíamos sentar, para poderte contar lo que siento. No sé cómo he llegado a escribir tan siquiera esto. Tengo miedo de parar, pues debería destruir esta carta, y no quiero parar, pues yo quiero contártelo todo. Dame una respuesta de inmediato, diciéndome qué opinas de todo esto. Mina, debo parar. Buenas noches. Acuérdate de mí en tus plegarias y, Mina, reza por mi felicidad.
Lucy.
P.D: no hace falta ni que te mencione que esto es un secreto. Buenas noches de nuevo.


mi querida Lucy, como la adoro <3